• Carolina Jaramillo

Ángeles



Mi nombre es Carolina y tengo una familia compuesta por tres hijos, mi esposo y yo.

Mi hija mayor es una niña con una sabiduría increíble, más grande que la mía. En medio de su inocencia y sin saberlo, ella me ha enseñado muchas cosas de la vida y me ha abierto los ojos a otras.


Mi segunda hija, Elsa (sí, mi hija mayor le puso ese nombre por su amor a Frozen), solo vivió siete semanas en mi barriga y pasó a ser un ángel.


Cinco meses después de su partida llegó a mi barriguita Joaquín, un poco inquieto y comelón, trayendo mucha ilusión y alegría a todos. Al irse Elsa quedamos muy tristes y con nuestros corazones rotos; Joaquín, con su fuerza y energía, logró devolvernos algo de esperanza y alegría a nuestras vidas. El embarazo de Joaquín fue un poco diferente: tenía más dolores e incomodidades pues era un bebé muy grande y me cansé más; sin embargo para mí todo eso era algo pasajero y disfruté teniéndolo en mi barriga y viéndolo crecer en ella. Poco a poco los días y los meses fueron pasando, hasta que llegó la tan anhelada semana 36 (¿por qué la 36? Porque su hermana mayor había nacido en esa semana, y sentí que Joaquín vendría en la misma).


El domingo salimos a caminar con mi esposo y nuestra hija a un parque que queda enfrente de casa y recuerdo que les dije “tomémonos la última foto en familia”. Al caer en cuenta de lo que había dicho me corregí, sin saber que ya mi intuición y mi cuerpo sabían lo que venía. Luego pasé dos noches muy malucas, no dormía nada bien. Me imaginé que era por lo que ya casi Joaquín iba a nacer y así fue. Llegó el miércoles; esa madrugada Joaco tenía hipo, pero era un poco diferente al normal y no lo sentía moverse como siempre. Amaneció y nada que sentía a mi inquieto niño; duré en negación hasta el mediodía cuando hablé con mi mamá, quien me insistió en que fuera a la clínica y así lo hice.


Nos fuimos los tres en el carro y por cosas del COVID me tocó entrar sola al hospital. Yo iba muy tranquila, pero en el fondo de mi corazón presentía lo que iba a ocurrir. Una enfermera me atendió, empezó con el proceso normal de buscar el corazón del bebé y como no lo encontraba, llamó a una doctora. La doctora me hizo una ecografía; apenas empezó y vi a Joaco me di cuenta de que su corazón no latía, no había mucho que decir, la imagen en silencio lo dijo todo, mi bebé se había convertido en otro angelito. ¡El momento más duro y difícil de mi vida!, mi mundo se destrozaba y mi corazón se partía. Mi primer pensamiento fue para mi hija: ¿Qué le iba a decir? Se le iba a partir el corazón como a mí. Mi niño se había ido, así como Elsa. Pero apenas le conté, ella me respondió con su sabiduría: “Yo sé, pero ahora él está con Elsa jugando en el arcoíris y viene otro bebé”. Eso fue un bálsamo para mi corazón.


Las enfermeras nos pidieron que llamáramos a alguien para que viniera por la niña; hacer una llamada así no es nada fácil, pero Dios es muy grande y mientras pensaba a quién llamar sonó el celular: era una gran amiga mía ofreciéndose a recogerla. Y la magia del momento se volvió a dejar ver, pues al salir del hospital se encontraron un arcoíris (donde estaban jugando mi par de ángeles).


Cuando ellas se fueron empezó otro proceso, el nacimiento. Joaquín nació el 29 de octubre tras un parto muy rápido, fueron solo quince minutos después de la primera contracción. Sin embargo fue un parto muy difícil: era un nacimiento sin vida.


Salí del hospital y los días pasaron; no fueron días fáciles, no lo han sido. El recuerdo de Joaquín está en nuestros corazones y lo extrañamos inmensamente cada día. Con el tiempo he comprendido que no fue un parto que no diera vida ya que he aprendido de mí misma. Aunque esto suena un poco repetitivo y siempre nos lo dicen, hoy puedo asegurar una vez más que Dios tiene sus planes y todo tiene un fin, un para qué. A veces no encontramos el porqué, pero si vemos el para qué podemos hallar más de lo que imaginamos.


Todos tenemos un papel que jugar en la tierra, una semilla que sembrar, un árbol que cuidar. No tengo una respuesta de cómo poder llevar una situación así, a mí de alguna manera me ha servido entender que todo en esta vida es un regalo, que la vida es frágil y que la muerte es una transformación, que todos tenemos nuestro propio destino y que la vida es pasajera.


Parte de poder llevar este proceso con la cabeza en alto, o de la mejor manera posible, ha sido entender que no todos tenemos que hacerlo igual, que llorar es una forma de este vivir sin negarlo. Es levantarse todas las mañanas, agradecer lo que tenemos, bañarnos, tender la cama y saber que la vida continúa, que seguramente esa persona que dejó este mundo, lo que más quiere es vernos seguir nuestros caminos.


No quiero decir que olvidemos, pero sí que soltemos. La vida no se trata de aferrarnos, se trata de vivirla, de no tener miedo de conmovernos, de dejar que los sentimientos sean. Todos los días pienso a mis dos chiquitos del cielo y los he llorado mucho, pero tengo más motivos para ir por mi ruta escribiendo el libro de mi vida. Ellos se llevaron parte de mi corazón, pero también me han hecho ver sucesos que sin ellos y sin vivir sus pérdidas no hubiera aprendido, cosas que sigo descubriendo y continuaré haciéndolo.


Este proceso requiere paciencia, no es fácil y para mí no se ha acabado. Joaquín y Elsa siempre vivirán en mí y las lágrimas seguirán saliendo, pero ellos también son mi fuerza así como lo sigue siendo mi hija mayor.



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