• Diego Torres

Detrás del telón de la teoría


Solo quiero hacer una invitación, vamos a imaginar un poco. La mente es una maestra misteriosa que goza de los placeres creativos y la música es la ola que yo decidí tomar para navegar en ella.


Una de las maestras más sabias de mi vida me dijo un día: “cada vez que asumes una posición estás defendiendo algo de ti”; hay momentos de la vida en que es mejor no asumir posiciones, hay momentos de la vida en que es mejor no defender nada, hay momentos de la vida en que es mejor buscar la quietud y contemplar, ser testigo del flujo de los momentos, tener una nueva oportunidad de sentir y experimentar la naturaleza de las cosas como si fuera la primera vez, libre incluso de esa voz que susurra y busca dar forma y explicación a todo.


Aquí estoy yo, me contemplo en el antiguo espejo de mi espiritualidad. Cuando pienso lento reconozco lo que quiero para mí, me doy cuenta de que una parte en mi mente aquí y ahora escucha atentamente, y se amplía toda mi atención, preparándome a navegar en el río que ya no tiene fronteras que cruzar, me dispongo a ser sensible y reconocer de dónde vengo y para dónde voy.


Mi paso por este soplo que llamamos vida, lo disfruto en compañía de la música; la hice incluso una forma de vivir mi desarrollo personal, profesional y laboral, me he encontrado con ella no solo para dar gusto a mi propias formas, sino por que cada vez que tengo el privilegio de hacer música con otros me encuentro de nuevo a mí mismo, amplio el horizonte de mis propias barreras, me rindo a mis propias debilidades y logro aquietar las palabras de mi razón, la interpretación de mi vida.


Mi trabajo en musicoterapia comunitaria con excombatientes de grupos armados al margen de la ley en mi país natal, Colombia, es la excusa más increíble que he tenido para darme cuenta -fríamente quizás- de que pertenezco a una pequeña, pequeña minoría que goza de muchos privilegios. Que en mi cotidianidad se ha normalizado tener un pan en la mesa, tener agua, tener un techo bajo el que descansar y refugiarme, tener una cama, tener posibilidad de un baño diario. Todas estas cosas circunstanciales no las tienen todos los seres humanos de Colombia, ni del mundo; intelectualmente lo puedo comprender, pero sentirlo… para mí hizo la diferencia.


Esta no es la historia de todos los seres humanos que han sido excombatientes, personas que han luchado una guerra que ellos no han casado, esta es la historia de los excombatientes con los que yo he trabajado.

Imagina por un momento que estás con un ser humano que ha sido excombatiente, que se ha enfrentado más de la mitad de su vida a vivir en medio de la espesa selva colombiana, que su banda sonora cotidiana son los sonidos más intensos del monte y la naturaleza, que su familia son todos los que como él o ella en muchas ocasiones no han tenido más opción que estar defendiendo una causa que ni entienden, porque si no es así su familia muere, sus casas son quemadas, sus hijas son violadas, sus esposas asesinadas. Y así con todas las versiones macabras que puedas imaginar que puedan justificar que alguien que no quiere hacer algo termine haciéndolo: por miedo.


Uno de los retos más grandes que a mis ojos tiene Colombia con la construcción de paz y con la implementación de los acuerdos de paz es lo que han llamado la reintegración comunitaria, que sin ir a explicaciones técnicas, como yo la entiendo y para la que he trabajado, significa crear lazos sociales, crear comunidades, escucharnos y sentirnos los unos a los otros, reconocer la naturaleza que habita en el otro, tejer el tejido social, importarnos entre los unos y los otros, escucharnos y, antes de devolvernos algo, saber qué estamos queriendo decir y comunicar: significa vivir un estado de interconexión.


Para lograr este estado, acompañar este proceso, ser testigo de que estas ideas pueden ser reales, la música ha sido mi compañera en espacios de creación donde pudimos tocar música juntos, crear canciones juntos, improvisar música juntos; darme cuenta de que por pertenecer a un mismo territorio nacional estamos atravesados por las mismas músicas, las mismas canciones, los mismos ritmos, me permitió sentirme cercano, sentirme parte de la misma humanidad.


Los excombatientes que yo conozco y conocí, son hombres y mujeres con una sensibilidad de niño que incorporan y exploran las posibilidades de hacer: si el medio de contacto es la voz, su juego es cantar, si el medio de contacto es el cuerpo su juego es bailar, si el medio de contacto es matar su juego es la guerra, y si el medio de contacto es vivir en paz lejos de la banda sonora de la muerte, no tienen duda para elegir, la elección es primitiva: “quiero vivir en paz”.


(...) y si el medio de contacto es vivir en paz lejos de la banda sonora de la muerte, no tienen duda para elegir, la elección es primitiva: “quiero vivir en paz”.

En parte las circunstancias más conocidas y dolorosas para mí, entendiendo el trabajo en comunidad desde los lentes de la musicoterapia comunitaria, son la forma en que se develan las historias de estos seres humanos, sus posibilidades de acceso a los recursos, sus decisiones y, de alguna forma, su desconocimiento del resto de formas en que se puede transitar la vida. El desconocimiento casi siempre nos lleva a encontrar los peores escenarios en los que hay un sinnúmero de circunstancias de las que no tenemos control y nos lleva a juzgar con la vara para medir más dura, la de las generalizaciones, la de los absolutos, la de las posiciones, la de las posturas.


No asumo una posición, no defiendo un argumento, me permito si así lo quiero, entrar en un espacio de hacer con un ser humano, en mi experiencia en lo comunitario y en la musicoterapia comunitaria que va sumando años, es muy fácil hablar de lo que no conocemos por experiencia propia, el mar de la vida es extenso y con muchas profundidades, solo somos una gota de esta gran existencia. Puedo decidir momento a momento, darme cuenta de dónde vengo, para dónde voy, en dónde estoy y con quién estoy y tomar un nuevo rumbo para vivir una vida conforme a mi propia voluntad, que sea reflejo de un ligero equipaje. Esta no solo es la decisión de las mujeres y hombres excombatientes, esta también es la decisión a la que todos podemos recurrir cuando así lo necesitemos.




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