• Maria Paula Rueda Yepes

Re-soluciones de Año Nuevo



Cada vez que comienza un nuevo año tenemos la costumbre de formular intenciones que nos sirven de inspiración y guía. Muchas de esas resoluciones son tan comunes entre los humanos que parecen hechas en China y distribuidas por Amazon. ¿Cuántos de nosotros hemos empezado el año con la intención de hacer más ejercicio, comer mejor, ordenar la casa, visitar más a las personas queridas, viajar o ganar más dinero? ¡Yo creo que somos muchos! Al menos, puedo dar fe de habérselo escuchado a muchos conocidos. Si bien estas resoluciones son muy útiles para la salud y la vida, ¿cuántos de nosotros de verdad nos tomamos el tiempo para definir cuáles serán los hilos conductores del año que comienza, a la luz del proceso que hemos venido viviendo? No conozco las estadísticas, pero mi intuición me hace dudar de que sean muchas y aunque las fórmulas genéricas del bienestar son píldoras sanadoras y valiosas, indagar en esos procesos íntimos puede ayudarnos a definir resoluciones más poderosas y transformadoras. Les daré un ejemplo. Llevo más de 3 años tratando de concebir un hijo. Por mi edad y probablemente mi karma, no ha sido fácil ni posible. He experimentado dos pérdidas y muchos ciclos de frustración tratando de lograr que la vida se enquiste en mí como una garrapata. Tristemente, en lugar de garrapatas he incubado gusanitos resbalosos que llegan a mi vientre, me saludan y se van. A la luz de este proceso de vida, ¿hacer más ejercicio me sirve? ¡Seguramente sí! ¿Llevar una alimentación saludable me sirve? ¡Seguramente sí! ¿Ganar más dinero me sirve? ¡Seguramente sí! Pero, ¿estoy abordando el corazón del proceso con estas resoluciones? ¡Lo dudo!

El corazón de nuestros procesos es algo que ni los chinos ni los gringos pueden adivinar y, por lo tanto, no pueden promocionarlos en Instagram ni enviarlos por FedEx. El corazón de nuestros procesos es un lugar muy íntimo al cual solo nosotros podemos acceder: es importante poner atención, hacer silencio y tomarnos el tiempo para reconocer cuáles son los elementos que siguen sosteniendo la base de esos retos dentro de nosotros. Suena abstracto, lo sé, por lo cual prefiero seguir elaborando mi hipótesis con el ejemplo dado, es decir, mi dificultad para tener hijos. Yo observo que en el corazón de este reto hay varios elementos entorno a los cuales tengo trabajo por hacer: la frustración de no lograr lo que me propongo, el sentimiento de impotencia sostenido, el apego a la idea de ser madre, el miedo a volver a perder un bebé y la resistencia a aceptar que, aunque estoy sana y me siento joven, mis óvulos están muy viejos para lograr sin traumatismos lo que a una mujer más joven le sería más fácil lograr. (Ahora que menciono esto me doy cuenta de que olvidaba reconocer el sentimiento de injusticia que deriva en rabia con Dios). Como se darán cuenta, el tema no es poca cosa. Seguramente si yo pudiera observar el proceso solo a la luz de la razón, ninguno de estos elementos representaría un punto para trabajar. Es razonable que a una mujer de 41 años le cueste trabajo tener hijos de manera natural, la humanidad lo sabe desde tiempos inmemoriales y es algo que no debería sorprenderme ni afectarme. Sin embargo, a la luz de la emoción, esta situación mueve estructuras muy profundas dentro de mí que me confrontan en muchos niveles. Es decir, tengo trabajo para todo el año solo con este tema y varias resoluciones por formular si en realidad quiero aprovechar lo que este reto tiene para regalarme.

Entonces, volviendo al tema de este artículo, para formular nuestras resoluciones del año es importante saber por dónde comenzar. Así como una madeja de lana que queremos desenredar, es útil empezar por encontrar la punta, el comienzo. Según pienso, esa punta son los retos, conflictos o dificultades que estamos experimentando actualmente y nos dará las pistas para descubrir los temas que necesitamos trabajar. Mi maestro dice: “Honra a tus dolores porque ellos te muestran en dónde te encuentras”. Así es que nuestros retos y dolores no son enemigos, en realidad son aliados de nuestra liberación, y para lograr que cumplan su función es importante desenredar la madeja de lana en la que se encuentran. Por lo tanto, para comenzar el proceso de formulación de resoluciones del nuevo año, voy a sugerirte algunos pasos porque lo mío, lo mío, son las listas y las viñetas. Así es que ahí te va:

Paso número uno: identifica los retos que actualmente enfrentas. Escríbelos en forma clara y concisa.


Paso número dos: describe los elementos internos que los acompañan. Tal y como hice yo, mira las emociones, sentimientos, pensamientos y creencias que se despiertan.

Paso número tres: reconoce la actitud interna que nutre cada emoción, creencia o sentimiento que identificaste. Volviendo a mi ejemplo, tomemos la frustración que siento al no lograr lo que me propongo, es decir, ser madre biológica de un humano. Si yo reviso este sentimiento me doy cuenta de que mi autoexigencia ayuda mucho a que esta frustración se avive. Cuando miro mi dificultad para tener hijos desde la lente de mi autoexigencia pienso que no he hecho lo suficiente para lograrlo de manera natural, que debí haber empezado a intentarlo antes, que no fui consciente a tiempo de lo que implicaba ser madre, que tuve que haberlo priorizado por encima de otros intereses. Y claro, todo deriva en rabia conmigo misma, con Dios y la naturaleza por darme una ventana de tiempo muy corta para lograr tan magna tarea. Entonces, llevamos del bulto Dios, la naturaleza y yo por incompetentes. ¿Será esa una manera sana de atravesar este reto? ¡Lo dudo! Entonces, sirve que yo trabaje en mi autoexigencia que, sin querer queriendo, engorda mi reto volviéndolo más pesado y traumático de lo que en realidad podría ser. Ahora que la he reconocido, ¿qué hago ? Esto desemboca en el siguiente paso.

Paso número cuatro: define cuál es la medicina que puede aliviarte. En mi caso yo tendría que preguntarme: ¿qué ayuda a mermar mi autoexigencia? Bueno, hasta donde lo he podido identificar, mi autoexigencia se calma cuando reconozco que NO TODO DEPENDE DE MÍ y, por lo tanto, NO ME CORRESPONDE SOLUCIONARLO TODO. También, encuentro sosiego cuando comprendo que el exceso de esfuerzo no siempre trae excelencia ni resultado. En ocasiones ha sido mucho más útil poder fluir con gracia y relajación frente a los retos, que empecinarme en hacer las cosas bien desde el esfuerzo, la planeación y el control. Así es que, habiéndola identificado sigamos al próximo paso.

Paso número cinco: redacta tu resolución preferiblemente en positivo. Descubre esa pildorita que al tomártela o decirla en voz alta te ayudará disolver los venenos que alimentan a tu negatividad. En mi caso, uno de esos venenos sería la autoexigencia. Si yo me centro en combatir a la autoexigencia probablemente empezaría por exigirme no ser tan autoexigente y esto me llevaría a empeorar mi problema de base. Entonces sugiero que nos concentremos en la medicina y no en la enfermedad. Mi resolución diría algo así como: este año, me propongo fortalecer mi capacidad para fluir de manera grácil y relajada frente a aquello que no controlo y me cuesta; reconoceré lo que me corresponde hacer y lo demás lo soltaré. Con toda franqueza puedo ver que esta sí es una resolución que va directo al corazón de mi reto y, por lo tanto, una en la que vale la pena concentrarme.

Deseo entonces que te tomes el tiempo y el espacio necesarios para formular las resoluciones de este año, esas que son tan únicas como tus aprendizajes. No importa si llega febrero o marzo y aún estás descubriéndolas. El proceso de indagación será tan valioso y profundo que habrá valido la pena esperar un poquito más para encontrarlas.



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