• Maria Paula Rueda Yepes

BYE BYE 2020...


...que tus enseñanzas permanezcan y tus efectos se desvanezcan

Música sugerida: The Constant - Mogli





He vivido años retadores y éste, el 2020, que pertenece a una categoría especial. Transformó nuestras vidas, nos obligó a replantear prioridades, exaltar nuestros valores y sobretodo, mandó nuestros planes al carajo. Así fue el 2018 para mí. Supongo que la vida me dio un año de descanso mientras llegaba el siguiente maremágnum. Empecé el 2020 contenta, celebrando que había cumplido 40 años frente al mar de Cartagena en un entorno tranquilo, amoroso y abundante. Recuerdo lo que escribí en el diario que recién comenzaba: ¡Bienvenido 2020, abro mis brazos para recibirte, aceptaré todo lo que traigas con amor!


Para entonces ignoraba cuánto trabajo me costaría abrirle los brazos a esos regalos bizarros que traería el año más confuso que he vivido. Con mucha consciencia, lo acepté y le puse el pecho a lo que vendría de la manera más estoica posible. Me equivoqué, acerté, me distraje y me concentré tanto como pude. Terminé agotada y no me arrepiento de nada salvo el haber hecho menos ejercicio y tomado menos descanso del que necesitaba. Bueno, si me arrepiento de una que otra estupidez que cometí y con todo se aprende.


¿Quién puede decir cuál era la forma correcta de asimilar los efectos del trago más extraño que hemos bebido en los últimos tiempos como humanidad? El universo o el karma colectivo sirvió en nuestro vaso un coctel hecho de ingredientes difíciles de tragar: crisis mundial de salud + crisis económica + crisis laboral + crisis relacional + crisis existencial: ¡Todo en una misma copa! Se parece mucho al emblemático coctel Cabeza de Jabalí, que tumbó a más de un amigo en mi adolescencia. Para quienes quieran conocerlo, una de las versiones de este trago lleva ginebra, ron blanco, aguardiente, vino blanco, vodka, tequila, crema de coco, jugo de piña y granadina. ¡Aghhhhhhhhhhhh! ¡Pobre hígado! ¡Pobre páncreas! ¡Pobre estómago!


Lo que quiero expresar es que, para afrontar este año, hay diversidad de recetas por explorar y establecer ¡y sí!, necesitamos buen “hígado” para sobrevivirlo, un buen filtro en el sistema mental y físico. En todo caso, es obvio que existen buenas prácticas de salud que son útiles para cualquier crisis tales como: respirar, vivir un día a la vez, desahogarse, escuchar música, hacer ejercicio, comer bien, cuidar las palabras que salen de nuestra boca, cuidar el contenido que entra a nuestra cabeza y en general, aflojar la exigencia y a hacer dieta de caprichos[PZ1] . En todo caso, cada uno de nosotros ha venido sobreviviendo como ha podido a sus pequeños y grandes duelos. Algunos se han entretenido cocinando y aprendiendo recetas nuevas, otros han hecho ejercicio juiciosamente, algunos valientes se dedican a hacer lives motivacionales en Instagram, muchos salen de un Zoom al otro con amigos y familiares, sin importar las largas jornadas que hemos vivido frente a una pantalla. Los más afortunados y sensatos han aprovechado la pandemia para descansar y recuperar energía. Yo no fui tan sensata pero sí muy afortunada y me adapté a esta cuarentena trabajando, saliendo a caminar a la montaña, meditando, reuniéndome con mis vecinos y abrazando a mi marido.






En medio de tales cambios, la vida nos regaló días soleados y tranquilos que nos permitieron gozar de la calma, el buen humor y la gratitud de estar vivos. Pasamos más tiempo con algunos seres queridos, resignificamos la relación con nuestras casas, valoramos mucho más a quienes no podíamos abrazar y perdimos el pudor de andar en sudadera todo el día. Jamás me atrevería a decir que fue un año fácil, tampoco creo justo rotular los días como buenos o malos. Creo que días difíciles, retadores, que nos sacan de toda ilusión y expectativa, siguen siendo oportunidades para crecer. Reducir las experiencias a un juicio tan simple como bueno o malo sería impreciso y a mí me gustan las palabras precisas. Es innegable que hay días en los que pienso ¡¿Pero qué karma estaré pagando?!. Justo hoy he vivido uno de esos días en los que me pregunto, ¿A cuántas monjas habré torturado en otra vida para estar viviendo esto? La buena noticia es que en esta vida decidí ser tan amable y consciente tanto como mi ego me lo permita, por lo que espero tener mejores días en mis próximas vidas.


Volviendo a la despedida que se merece este año emblemático, creo que es apenas justo valorar lo que hemos vivido antes de pensar en lo que sigue. Darnos espacio y tiempo para revisar cosas como: ¿qué me queda de este año?, ¿qué agradezco?, ¿qué no quisiera repetir? ¿Qué disfruté? ¿Qué abominé? Con base en esto, ¿qué quiero para el próximo año? Ahora que lo pienso, creo que es una costumbre muy común entre los humanos querer salir rápido de lo “maluco” o enrarecido para embarcarse en lo nuevo con la idea ilusoria del “borrón y cuenta nueva”. Probablemente soy cruda, terapeuta o pragmática, pero yo creo que es una ilusión esa vaina de hacer como que ya lo feo pasó y lo que sigue es totalmente distinto. El aprendizaje que se trae a cuestas es el que corresponde abordar y vivir, y frente a eso la salida es la misma. Aunque uno cambie de país, se acabe el año, se pinte el pelo o haga una hoguera con todas las cartas del ex, no nos podemos ahorrar el ejercicio de enfrentar nuestros dilemas y aprendizajes[PZ2] . Lo que venimos a aprender, con todas sus incomodidades, es lo que nos liberará de nuestros yugos si hacemos bien la tarea. A menor evitación, menor fricción y a menor fricción, menos trauma. En otras palabras, entre menos evitemos asumir lo que necesitamos trabajar de nuestro carácter e historia de vida, entre más responsables seamos con nuestras acciones y más humildemente reconozcamos nuestros errores, será menos traumático vivir los momentos difíciles y retadores que vendrán. ¡Porque vamos a tener momentos difíciles y retadores hasta que nos muramos! De eso, podemos estar seguros. Lo que cambia el cuadro es la manera como vivimos esos momentos, que puede ser más amable, sabia y ligera. Para eso también ha servido este año: el que se quedó en su nube de exigencias frente a la vida, sufrió más que el que se adaptó, agradeció y cooperó.


Así es que despido este año agradeciendo cada uno de los momentos difíciles que viví y que me enseñaron a ser más clara con mis palabras, más cuidadosa con mis acciones, más valiente con relación al futuro y ciertamente, más consciente de la riqueza que trae el presente. Doy gracias por el amor que recibí de la gente que me rodea y por el amor que se fortaleció en mí hacia otros. Pude sentir compasión por desconocidos en la calle, en otros países y por tantos seres sintientes que sufrían. Doy gracias por el valor de la generosidad. Constaté que la abundancia es amiga de la generosidad: se nutren mutuamente. Agradezco haber comprendido la importancia de la salud en todas las dimensiones de la vida y cómo posibilita tener una vida feliz y armónica. Doy gracias a tantas personas que compartieron sus conocimientos y buenas intenciones a través de redes sociales y mensajes. Me conmueve ver cuánta compasión y sabiduría fluye entre la gente cuando existe una causa común a todos. Doy gracias por tener una familia amorosa, abundante y sana. Celebro tener a un esposo consciente de la importancia del trabajo en equipo para equilibrar las cargas que implican trabajar, vivir y descansar en casa todos los días de todas las semanas de cada mes que vivimos encerrados. Doy gracias por cada uno de mis pacientes, de todos aprendí y me nutrí. Doy gracias por la música, la literatura, la espiritualidad y la información útil. Doy gracias a la montaña y sus habitantes mágicos por hacer más amable y frugal este proceso de cuarentena. Y por último, doy gracias a este virus por mostrarme el valor de la vida, de un abrazo, de la cercanía física, de la libertad, de los valores y del tiempo compartido con los seres que amo. Esta experiencia me ha ayudado a darme cuenta cómo quiero vivir y disfrutar la vida que me queda.


Así es que antes de que termine este año, te invito a reconocer lo que has vivido en lugar de catalogar al 2020 como un año “bueno o malo”. Describe lo que sentiste y viviste, honra tus dolores, aciertos y aprendizajes, agradece los regalos y claridades que recibiste para así tomar, de manera más consciente y justa, lo que te quieres llevar al 2021 como cosecha después de tanto esfuerzo. Lo que quieras dejar de lado, suéltalo con gratitud, sólo así podrás liberarte verdaderamente de ello.


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