• Maria Paula Rueda Yepes

Convivencia auténtica



Canción recomendada:

¡Ser uno mismo en un mundo de tendencias homogeneizantes que discriminan la diferencia, es un acto heroico!

¡Sé tu mismo! Dicen muchos caminos de autoayuda y algunas personas entusiastas de buen corazón que nos incentivan a liberarnos del yugo de la sociedad, la familia o el status quo que asfixia nuestra autenticidad. Suena lindo y en efecto lo es pero para ser nosotros mismos es necesario comprender que, gran parte de lo que creemos que somos en realidad son estrategias que inconscientemente hemos desarrollado para sobrevivir y ser amados. Entender la diferencia entre el ego y el ser es un camino que requiere lentitud, reflexión, reposo. Cuando nos detenemos y miramos en nuestro interior sin prisas, sin pretensiones, sin presiones, se esclarece el panorama y podemos entrar en contacto con nuestra esencia. Entonces es más fácil diferenciar nuestro verdadero ser de nuestros impulsos, personalidad, deseos, carencias, creencias y temores.


Para reconocer esa esencia perenne que va más allá del capricho, los impulsos y la defensa, necesitamos el coraje para conocernos, confrontarnos y cuestionar eso que considerábamos tan irrefutable; esa creencia, esa certeza, ese argumento detrás del cual llevamos años escudándonos, escondiéndonos o identificándonos, justificando nuestra manera de actuar y de “ser”, o más bien de no ser. Quién sinceramente quiere ser si mismo estará dispuesto a no tener la razón, a abandonar el discurso caprichoso y terco del “yo soy así” a través del cual justifica su negativa a revisar algo que sabe que entorpece su vida o no hace le hace bien.


Quien logra franquear sus propias trincheras de obstinación y auto-justificación y logra conectar con su esencia, con esa verdad profunda que no necesita defensa para ser avalada por la conciencia y el corazón, que dista mucho de la ira y la agitación de la terquedad, sentirá la certeza de haber llegado a un lugar honesto dentro de si mismo. Por la atmósfera de ese cavidad interior, de ese cenote magnífico, mezcla entre caverna y laguna, sabrá que las aguas profundas en las que se ve reflejado son un espejo claro de su alma. Ese encuentro es una revelación y una liberación a la vez, un testimonio claro de la desconexión que ha existido entre su mundo subterráneo y salvaje y la fachada que muestra al mundo.


Con frecuencia veo que ese lugar profundo es mucho más vulnerable, blando y amable en quienes se muestran fuertes y distantes, y mucho más lleno de decisión y valentía en quienes usualmente se muestran temerosos e inseguros. Es como si la coraza que desarrollamos en algún sentido fuera el negativo de la foto de lo que llevamos dentro. Curioso. No en vano lo hicimos. Aprendimos que esa coraza nos reportaba un beneficio que la autenticidad no daba y elegimos el camino de la supervivencia práctica. Solo que, llegado un punto en nuestras vidas, la coraza, como el tapabocas, empieza a asfixiar al alma después de varios años de usarla. Vamos por la vida cubiertos con un disfraz que nos sirve para franquear las balas del juicio, del rechazo, de la exclusión y del desamor. Siendo este el mejor recurso que encontramos y que usamos tan cerca de la piel, en un punto se adhieren coraza y piel y ya no sabemos en dónde termina una y dónde comienza la otra. En ese punto de adherencia confusa, nadar desnudos hacia las aguas profundas de nuestro ser requiere de mucha más valentía para enfrentar los eventos que puedan surgir. Ahora mismo, mientras escribo esto, siento la confusión y el miedo que esto trae. La confusión de no tener las herramientas para distinguir entre coraza y piel, y el miedo de abandonar todo lo que esa coraza nos ha regalado: amigos, trincheras, oficios, elogios. En la autenticidad mora el peligro latente de lo incierto, de lo que no se controla, de lo que sale a flote sin considerar los daños colaterales que puedan causarse.


Ser auténtico es tan bello y atemorizante como ser libre: todo lo que sale es verdaderamente nuestro y por lo mismo no habría a quien echarle la culpa de lo que pueda resultar de ello. En parte por eso es tan importante saber qué es verdaderamente nuestro, pues nos daremos a la tarea de asumir esa verdad que mostramos y vivir con las consecuencias que ello pueda traer porque a veces eso que es tan propio, puede resultarle horripilante a otros. Puede que no nos aguanten, no nos entiendan, no nos quieran o que los decepcionemos con lo que realmente sentimos, queremos y pensamos.


Es una apuesta que requiere ovarios, cojones, claridad pero también una importante dosis de amor propio para honrar esas verdades que, aunque resultan malucas para otros, para nosotros son la purita realidad. Tendremos quienes nos apoyan y quienes nos critican, quienes nos acompañan y quienes nos juzgan. Es inevitable experimentar la dualidad en esto también. Entonces me pregunto ¿cómo carajos podemos ser nosotros mismos a la vez que coexistimos con otros que son ellos mismos y por lo tanto no siempre compatibles con nosotros? ¿Cómo convivimos con gente que siente diferente, piensa diferente, cree diferente, quiere diferente sin dejar de ser nosotros y sin querer que dejen de ser ellos mismos?.


Claramente este es un trabajo de todos los días y de toda la vida. Para ello no tenemos que quitarnos el ego, ni iluminarnos rápidamente, pero si necesitamos estar dispuestos a reconocer cuáles son nuestras zonas difíciles, nuestras trampas y excusas para no mirar dentro y por lo tanto no avanzar hacia una manera de vivir más sostenible, empática y auténtica. Necesitamos reconocer cómo opera nuestra sombra para dejar de proyectarla afuera. Necesitamos reconocer que el otro también tiene su sombra y simplemente trata de vivir la mejor vida que puede desde los recursos internos que posee. Sin tener que transformar radicalmente nuestras vidas podemos convivir desde la autenticidad y la conciencia de las bondades de nuestro ser y los pesos de nuestros egos, porque para amar no necesitamos ser perfectos, necesitamos querer hacerlo. Sé con certeza que en el camino se irán develando los recursos y ayudas que necesitaremos incorporar para cumplir con nuestro propósito.


Aún así es importante considerar que, aunque co-existir desde la autenticidad sea un noble propósito, probablemente a alguien no le va a gustar lo que ve, oye y siente cuando somos verdaderamente auténticos y quizás a nosotros nos pasará lo mismo. No por ello se tienen que acabar los vínculos. Nos decepcionaremos y decepcionaremos a otros. ¡Ni modo! Quizás parte de lo que nos ayuda a coexistir desde la autenticidad es aprender a transitar esos momentos incomodos de desencuentro y decepción que experimentamos. Reconocer que caemos mal y nos caen mal por ratos y que eso hace parte de la relación con otros seres vivos, pero qué, con muchos de ellos, hay algo más grande y profundo que nos conecta. Probablemente algo más grande sea que nos amamos, o que nos valoramos o qué hay conexiones que auténticamente se dan en nuestras vidas desde el gozo, el amor y la amistad. La compasión también juega un rol esencial. Desde una mirada y corazón abiertos podemos comprender con amor que esas actitudes o elecciones del otro que nos incomodan tanto obedecen a un mecanismo de defensa o historia de vida que parte del dolor.


También creo que nuestros valores y principios nos ayudan a sostenernos en esto. Hay personas que no conozco, no quiero y no comprendo, que andan sueltas por las calles de Bogotá haciendo pendejada y media en el tráfico y si fuera solo por mi experiencia de desagrado e incomprensión las despreciaría sin consideración. Si fuera solo por lo que veo, siento y pienso de sus acciones les mentaría la madre sin dudarlo. Pero, es en esos momentos de efervescencia y calor cuando me detiene, para bien, la fuerza de los valores.


Creo en la bondad, en el respeto y en el civismo y es desde ahí, que prefiero verlos y hablarles. Más de una vez lo he hecho. Le he pedido amable pero firmemente a más de un Rappi-tendero que no ande arriado por la acera poniendo en peligro la vida de los peatones, que no vayan en contra vía como si las señales de tránsito no fueran para ellos. He recordado a más de un vivo que se mete en la fila sin permiso que aquí todos tenemos nuestro turno y muchas veces he abierto conversaciones incómodas en mi familia cuando sus ideas políticas mucho más conservadoras y derechistas que las mías, desatan su furia y juicio.


Para nadie es un secreto que desde que era una adolescente privilegiada y socialmente inquieta, me importaba el bienestar de otros menos suertudos en la lotería del dinero y la posición social. Eso me ha costado, hasta el sol de hoy, críticas, cuestionamientos y comentarios como ese que me hizo un pariente hace poco cuando alguien contaba, en tono de crítica, las anécdotas de mis luchas universitarias en mi Alma Mater de élites, a lo que él respondió: “odio a las rebeldes sin causa como usted que salen a protestar y luchan por derechos cuando lo tienen todo”. Parece que eso que les desagrada tanto de mi, es que no sea coherente con la actitud, ideas políticas, costumbres y creencias que vienen con los privilegios: tu acá y ellos allá; no somos lo mismo. De base creo que esa es la pinche pelea que no nos deja coexistir pacíficamente desde nuestra autenticidad. ¡Pues claro que no somos lo mismo y somos lo mismo a la vez! Compartimos la raza, el territorio, la necesidad de beber agua, consumir alimentos, educarnos, vivir en paz y sobretodo compartimos el hecho de que estamos vivos y la cruda realidad de que, más pronto que tarde, estaremos muertos. Entonces, somos lo mismo y no lo somos porque sentimos, pensamos y vivimos diferente y mientras compartamos este planeta, este territorio, esta casa, este anden, esta calle o este parque, tendremos que aprender a habitar los mismos espacios teniendo en cuenta nuestros agrados y desagrados mutuos.


¿Que si me cayeron mal mis parientes después de esa conversación? ¡Claro que sí! ¿Que si yo les caí mal? ¡Sin lugar a duda! ¿Qué si nos vamos a poner de acuerdo algún día en que se vale tener buen paladar, querer una buena vida y pensar que eso puede ser para todos y no solo las élites? ¡No lo creo! Con todo, seguimos la conversación franqueando nuestras diferencias con humor, a veces con rabia y otras con indiferencia. De fondo se que hay mucho amor y un genuino deseo de ser una familia unida. Logramos coexistir con nuestras diferencias. A veces necesitamos más espacio para lograrlo y a veces fluimos como peces cuando estamos a un milímetro de distancia. ¿Quién sabe qué resultará de nuestro encuentro? ¡Nadie! Nunca sabemos qué pasará y aun así seguimos viéndonos porque hay algo más grande que nos convoca: nos queremos, nos valorarnos, nos respetamos y son más las veces en la que nos alcanza la prudencia y el amor para refrenar el sarcasmo y los juicios que podríamos destilar desde nuestro desagrado.


Así es que coexistir desde nuestra autenticidad podría costarnos la aprobación de otros e incluso pueda peligrar el vínculo que tenemos con ellos. Aquí se pone a prueba qué tanto nos conecta, cómo están nuestros valores y qué tan compasivos podemos llegar a ser mutuamente cuando llega la evidencia de nuestras diferencias. Para quienes traemos corazas más complacientes y dejamos auténticamente de hacerlo en momentos en los que necesitamos atender nuestra genuina necesidad de silencio, distancia o auto-cuidado, probablemente la autenticidad nos costará el escalafón de “Buena Gente”. Ya no resultaremos tan amables, tan dulces, tan simpáticos y tan serviciales. Dirán: “¡cómo ha cambiado María Paula, yo pensé que era más linda, ya no responde rápido, ya no tiene tiempo, ya no nos ayuda como antes, ya no es una cajita de música, mírala cómo está de seria!” Y para quienes se muestran desde su coraza más toscos, seguros y distantes, y de repente dejan ver su lado más blando e inseguro, quizás dirán sorprendidos: “vi a Pedrito y está débil y vulnerable. No es el mismo hombre fuerte y seguro de antes. Lo vi de capa caída.” Y de esta manera veremos y escucharemos como algunos de nuestros conocidos y seres amados se dan permiso de ubicarnos en sus categorías según les resulte esta nueva vivencia de nuestra autenticidad.


Está bien. La gente tiene derecho a su sorpresa y nosotros a la nuestra. Creo que todos hacemos lo mismo: narrar al otro desde nuestra visión y nuestra experiencia, así digerimos al mundo y lo ordenamos en nuestro interior. Aún así creo que nos perdemos de contactos más genuinos e íntimos cuando no nos abrimos a recibir esos giros inesperados de la autenticidad propia y del otro. Nos quedamos pegados a la idea que tenemos del otro y de esa manera dejamos de verlo.


No vinimos al mundo a llenar las expectativas de otros, tampoco vinieron otros a llenar las nuestras. Aún así, navegamos a diario por ese canal de discernimiento continuo en el cual nos vemos obligados a decidir qué dejamos ver de nuestro interior, qué peleas valen la pena librar, en qué podemos ceder sin traicionarnos y qué es verdaderamente importante manifestar para que nuestra vida sea sostenible, autentica y feliz mientras convivimos con otros.


A mi me ayuda recordar que tengo la posibilidad de elegir y eso ya es un regalo enorme en un mundo de esclavitudes evidentes y veladas. Cuando elijo estoy ejerciendo mi libertad de ser aunque no de rienda suelta a mis deseos e impulsos. Yo elijo recordar mis valores, lo que me une a todos, reconocer mis necesidades y límites y abrir mi mente y corazón para tomar esas decisiones que por ratos me resultan complejas y toman tiempo. Así es que coexisto desde mi autenticidad. A veces esa actitud me gana aplausos y otras veces criticas. ¡Qué más da! Estoy dispuesta a asumirlo y agradezco que tenga la fuerza para hacerlo, al fin y al cabo yo quiero aprender a amar aquello que soy y reconocer lo que no soy para contagiar de mi valentía al mundo que me rodea.

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